Un día oscuro
Era una mañana caliente bajo la luz radiante del sol, y fría dentro de la casa de Ángel. El estaba sentado sobre una silla de madera, contemplando el cielo desde su ventana, el cual estaba cubierto de nubes grises. Ellas estaban amontonadas en grupos divididos por espacios muy cortos, y en el transcurso de unos segundos, se juntaban para formar figuras sublimes solo dignas de la apreciación de un ser humano solitario y sensible, que amaba la naturaleza sin ningún motivo alguno, porque nadie le imponía como una obligación el hecho de observarla y adorarla.
El se levantó de la silla en la cual meditaba cada mañana junto al cielo, su fiel amigo, y se dirigió a la puerta que daba a la calle. Allí veía a la gente pasar felizmente en sus autos, dirigiéndose a lugares que no son eternos, y que emanan honores y desprenden enormes sombras de placer, que ocultan todo un manto de dolor y paz que son tan propios del ser humano. Ellos no aparentaban, esas personas simplemente no podían evitar ser ellas mismas, y este hombre romántico, que se aproximaba a la distancia dentro de los lugares más recónditos y a la vez superficiales de sus complejas mentes, solo sabía como encontrar razones para amarlos sin decir una palabra.

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